Renacimiento de las ciudades: Ámsterdam

Cuando comenzó la pandemia, algunas frases se volvieron instantáneamente ubicuas: hablábamos de “cuando esto termine”, o “cuando regresemos a la normalidad”. En ese tiempo, la mayoría pensábamos que la situación duraría unas cuantas semanas, quizás un par de meses, cuando mucho. (Admito que yo misma ignoraba a quienes hablaban de una cuarentena que se extendería más allá del verano, asumiendo que eran simples pesimistas; personas que de alguna manera disfrutan del alarmismo.) 

Más de un año después — a pesar del deslumbrante logro científico que representan las vacunas desarrolladas, y del enorme esfuerzo (en algunos lugares mejor coordinado que en otros, debe decirse) por vacunar rápidamente a porciones gigantes de las poblaciones del mundo — y la pandemia aún no puede considerarse superada del todo. Sin embargo, es innegable que el futuro se percibe cada vez menos incierto. Las personas comienzan a retomar aquellas partes de sus vidas que daban por sentadas antes de la cuarentena y que, a partir de la aparición del virus en sus comunidades, se volvieron añorados recuerdos: cosas como ver una película en el cine, ir a un concierto, o bailar hasta la madrugada, rodeado de amigos y extraños. 

Al mismo tiempo, existen situaciones negativas a las cuales la pandemia puso un fin temporal e inesperado. Algunas semanas después de que el virus detuvo la vida en gran parte del mundo, por ejemplo, se escucharon reportes en las noticias de menores niveles de emisiones de CO2 en el medio ambiente, y un estudio reciente confirmó que bajaron un 6.7% a nivel mundial en el 2020, algo que se consideraba impensable; el trabajo desde casa, o trabajo remoto, brindó más flexibilidad a trabajadores alrededor del mundo una vez que sus jefes pudieron confirmar que la productividad no está atada a un ambiente tradicional de oficina; los residentes de las ciudades más visitadas del mundo tuvieron la oportunidad de caminar por sus barrios sin tener que esquivar a turistas constantemente. 

Este último ejemplo se vivió intensamente en Ámsterdam, una ciudad que, a diferencia de otras, es un gran destino turístico por motivos que atraen a un tipo de turista: personas buscando drogas y diversión, sin interés o respeto por la cultura o las personas de un lugar. El Washington Post reportó poco después de que se detuviera el turismo en Ámsterdam que algunos residentes consideraban que el virus había sido una “bendición disfrazada”, ya que les permitió disfrutar de un tipo de tranquilidad que antes nunca hubieran imaginado. (En lugares como Venecia y Kyoto se vivió la misma experiencia, y ahora atraviesan la misma aprensión hacia el regreso del turismo.) 

¿Podría ser que la situación de COVID-19 nos deje algunas consecuencias positivas además de tanta pérdida y devastación? La realidad es que depende enteramente de los gobiernos y autoridades locales de cada lugar. La pandemia nos brindó una oportunidad única para analizar qué tan resilientes son nuestras ciudades, cuáles de sus espacios son los que más atención e inversión requieren y a quiénes están sirviendo mejor. Hace ya muchos meses que debimos habernos dado cuenta de que, más allá de la cuestión cuándo podremos volver a la normalidad, la pregunta que vale la pena es: ¿cómo podemos utilizar esto como una oportunidad para mejorar? Se trata de buscar más que la resiliencia; debemos aspirar hacia el progreso. 

Ámsterdam aprovechó el 2020 para acelerar la implementación de algunas medidas que ya estaban propuestas antes de la pandemia, entre ellas prohibir que las tiendas de souvenirs desplacen a negocios locales o que los desarrolladores conviertan espacios residenciales en edificios para personas que están de paso. Planean aumentar los impuestos que pagan los turistas por sus alojamientos, y las consecuencias que enfrentan si son aprehendidos causando desorden público. Sobre todo, la ciudad se ha comprometido a poner a prueba el “modelo económico de dona”, que busca enfocarse en el medio ambiente y las necesidades básicas de sus ciudadanos antes que en el crecimiento económico. 

Es muy temprano para decidir si los resultados serán positivos, pero no hay excusa para no intentarlo. Viendo hacia el futuro, todas las ciudades deben aprender valiosas lecciones de la catástrofe que hemos comenzado a dejar atrás.