La Ciudad Indestructible

Crédito: Denys Nevozhai

Desde que existen las grandes ciudades han existido también sus escépticos: personas que encuentran más virtudes en un estilo de vida rural, tranquilo y relativamente aislado. No es de sorprenderse que, en distintos momentos de crisis, estas personas se han apresurado a declarar que las ciudades pronto se volverán cosa del pasado. Con la llegada del teléfono en 1876, predijeron que la sociedad ya no necesitaría ni querría vivir en lugares altamente poblados, pues el invento nos conectaría fácilmente con quienes estuvieran a distancia. Más de un siglo después, el internet detonó profecías similares. Tras la caída de las torres gemelas en NY en el 2001, hubo quienes aseguraron que pronto nadie querría vivir en ciudades por su vulnerabilidad ante ataques terroristas. 

Casi dos décadas después, durante la pandemia global del virus COVID-19, la historia se volvió a repetir — había llegado, ahora sí, la muerte definitiva de las ciudades. ¿Por qué vivir en una ciudad si no hay necesidad de acudir a una oficina, ahora que muchos trabajos pueden realizarse cómodamente desde casa con nada más que una computadora y una conexión estable al internet? ¿Para qué pagar una renta exorbitante por un espacio reducido cuando, por el mismo precio o menos, puedes triplicar los metros cuadrados de tu hogar y además agregar un jardín propio? 
Al principio de la pandemia, incluso se pensaba que las ciudades con alta densidad de población — muchas personas viviendo en proximidad cercana — eran las más vulnerables ante el nuevo coronavirus, y cualquier otro virus que pudiera seguirle. (Esta teoría resultó ser incorrecta.) Todo esto apuntaba al fin de las ciudades, sin embargo, una vez más se han mostrado resilientes. Con la llegada de las distintas vacunas se siente una nueva esperanza por reunirnos de nuevo, y ¿qué mejor lugar que los distintos espacios y actividades que ofrece una ciudad? Restaurantes, bares, galerías, museos, parques públicos, bibliotecas se están llenando apenas abren sus puertas.

Crédito: nytimes.com

El New York Times recientemente publicó un artículo titulado “El Covid No Mató a las Ciudades. ¿Por qué fue tan atractiva esta profecía?” Emily Badger, la autora, escribe que la desconfianza por las ciudades tiene una larga historia en Estados Unidos, ya que desde los tiempos de Thomas Jefferson se han equiparado con el crimen, por un lado, y con el elitismo intelectual y cultural que tantos americanos — sobre todo los republicanos con baja escolaridad, que viven en áreas rurales — rechazan, pues la asocian con la superioridad moral de los europeos. Por lógica, el declive de las ciudades iría de la mano con la reivindicación de la provincia; los valores que imperan en estas regiones — la familia tradicional y la religión, por ejemplo — triunfarían sobre los que caracterizan a los citadinos más liberales y progresistas. De este modo, la muerte de las ciudades representa la conservación del pasado. 

Pero la realidad es que, por su naturaleza misma, el ser humano siempre perseguirá el progreso, y no hay mejor catalizador para ello que una ciudad vibrante y saludable, una urbe en donde la diversidad no sólo se respeta, sino que se promueve. La ciudad no puede morir porque es, simplemente, uno de los mejores y más brillantes inventos de la humanidad. (Si no nos creen, les recomendamos este libro.

El funcionalismo en el mundo y en México

Menos es más; la forma sigue a la función; la arquitectura comienza donde termina la ingeniería; una casa es una máquina para vivir — cualquier estudiante de arquitectura se familiariza con estos aforismos de la profesión apenas comienza la carrera. Cada uno, a su manera, comunica una idea que hoy en día suena sencilla, pero que, a principios del siglo pasado, revolucionó la forma en la que se diseñaban los edificios que habitamos y, por lo tanto, el estilo de vida de la sociedad. 

A finales de la Primera Guerra Mundial, el “funcionalismo” surgió como un movimiento arquitectónico dentro de la ola del modernismo. Asegurando que todo edificio debería diseñarse con base únicamente en la función y el propósito que tendría, el funcionalismo rechazaba cualquier indulgencia del pasado, incluyendo las fachadas ornamentadas o los espacios poco aprovechados. Las devastadoras consecuencias de la guerra tuvieron un impacto profundo sobre los escritores, artistas, filósofos y demás creativos de la época; si antes existía una tendencia por exaltar y celebrar la belleza de la frivolidad, después del conflicto las prioridades de muchos cambiaron. 

Crédito: revistacodigo.com

¿Es la arquitectura capaz de crear un mundo más justo para todos? Si la respuesta es sí, entonces se puede concluir que esa capacidad es también su responsabilidad más imperante. Los funcionalistas del siglo XX estaban convencidos de que este era el caso. (Por eso, junto con su disgusto por la ornamentación, el movimiento tiende a ser relacionado con ideologías como el socialismo o el humanismo moderno.) El funcionalismo tuvo mayor presencia en Europa, sobre todo en Checoslovaquia (gracias al arquitecto Adolf Loos), Dinamarca, Finlandia y Polonia. Sin embargo, el movimiento también llegó a algunos rincones de Latinoamérica. 

En la Ciudad de México, destacan los arquitectos Mario Pani y Juan O’Gorman como promotores del funcionalismo en distintas escalas. Con más de 130 proyectos realizados — entre ellos el Conjunto Urbano Nonoalco Tlatelolco, el Multifamiliar Miguel Alemán y el Conservatorio Nacional de Música — Mario Pani transformó radicalmente el urbanismo de la ciudad, introduciendo el concepto de los conjuntos residenciales de interés social que albergaron a miles de familias, evitando desplazarlas hacia la periferia. 

Crédito: Adrián Alva

Por su parte, Juan O’Gorman practicó el funcionalismo en la Ciudad de México a través de proyectos tan destacados como la Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo y la Biblioteca Central de la Ciudad Universitaria de la UNAM, dos proyectos que en sus aspectos formales demuestran un interés por colocar la funcionalidad del espacio ante cualquier otro elemento. 

Como suele ser el caso, otros arquitectos tomaron inspiración de las obras de Pani y O’Gorman, por lo cual en la Ciudad de México se encuentran incontables edificios, tanto  destacables como anónimos, que pueden catalogarse como funcionalistas. 

Renacimiento de las ciudades: Barcelona

Crédito: Kaspars Upmanis

A pesar de toda la pérdida y devastación que ha experimentado el mundo desde diciembre del 2019 — cuando surgieron los primeros reportes de un nuevo coronavirus —, existe también un lado positivo de la situación. 

Durante un año de encierros intermitentes, bajaron sustancialmente los niveles de contaminación de la tierra, lo cual no sólo nos brindó más tiempo de lo pronosticado para alcanzar ciertas metas ambientales, sino que también comprobó que sí es posible interrumpir radicalmente nuestros estilos de vida para lograr una meta colectiva. Por otro lado, gracias a la tecnología que nos permite mantenernos conectados con nuestros colegas a través de diversos canales, la manera en la que trabajamos se transformó de la noche a la mañana. Aquellos jefes que antes jamás hubieran confiado en sus empleados para trabajar remotamente ahora entienden que la productividad no necesariamente está ligada a la vigilancia (y de hecho, a menudo es todo lo contrario). Finalmente, la pandemia global del COVID-19 representó una página en blanco para muchas ciudades, las cuales tuvieron la oportunidad de tomar un respiro, analizar y discutir exactamente qué futuro quieren para quienes más importan: sus ciudadanos. 

Similar al caso de Ámsterdam (sobre el cual escribimos el mes pasado https://www.reurbano.mx/renacimiento-de-las-ciudades-amsterdam/), Barcelona se encuentra en un momento de reflexión acerca de su relación de amor-odio con los turistas. Por un lado, más de 150,000 de sus ciudadanos dependen de una manera u otra de la industria del turismo. Por otro lado, el exceso de nómadas (en el 2019, 12 millones de personas visitaron la capital catalana, que tiene apenas 1.6 habitantes) ha transformado por completo y para mal la calidad de vida de miles de personas que viven y trabajan en los barrios céntricos de la ciudad. Y es entendible que estas personas sean un poco hostiles con los turistas. Una ciudad no es un parque de diversiones, es un ecosistema vivo y vibrante que, al albergar a personas de todo tipo, debe tener como principal prioridad la creación y el mantenimiento de espacios públicos y democráticos — aquellos que se disfrutan cotidianamente, no sólo durante una vacación. 

Durante la primavera y verano del 2020, los meses sin turismo en Barcelona se sintieron utópicos para algunos, quienes compartían ratos agradables con sus vecinos en calles que antes eran casi imposibles de navegar, debido al alto tránsito peatonal turístico. Ahora que habían vivido una alternativa, la idea de regresar al pasado se volvió inaceptable, y juntos comenzaron a exigir a las autoridades un plan estratégico para lidiar con el turismo una vez que la pandemia terminara. En enero de este año, Barcelona anunció que prohibiría a sus ciudadanos rentar habitaciones a turistas en plataformas como Airbnb. Luego, en abril, dio a conocer un plan para revivir algunos espacios comerciales inactivos, llenándolos de comercios locales para ciudadanos y residentes. Una nueva aplicación para turistas les permitirá ver qué lugares están congestionados en ese momento, para evitar llenarlos más. Se aprovechó la pandemia para apresurar la construcción de 21 kilómetros de carriles para bicicletas y 12 kilómetros de espacio. 

Es importante reconocer que el turismo en sí no es el enemigo. Más bien, deben de existir reglas y regulaciones que no permitan que el turismo se salga de nuestras manos y transforme a nuestras ciudades de formas que no queremos. Por ejemplo, las aplicaciones como Airbnb facilitan las vidas y experiencias de quienes viajan, pero a gran escala, pueden tener un impacto negativo en los barrios de una ciudad, llenándolos de personas que no tienen lazos con la comunidad local. En el caso de Barcelona, pasarán algunos años antes de que se pueda decir si las estrategias que están implementando rindieron los frutos que esperaban. Lo que sí puede decirse desde ahora es que la manera en la que se dieron estas acciones — a través de ciudadanos uniéndose para exigir que las autoridades los escucharan — es la mejor forma de hacer ciudad. 

Recuperar el tercer espacio público

Crédito: Ignacio Brosa

Es entendible que alrededor del mundo en los últimos meses han surgido conversaciones acerca del mundo post-pandemia; de qué lecciones habremos aprendido — si es que hacemos el esfuerzo por aprender alguna — y qué secuelas dejará la experiencia sobre la vida humana contemporánea. Las ciudades como tal (o sea, los grandes espacios urbanos del mundo) fueron fuertemente afectadas por la pandemia. El concepto de “distanciamiento social”, por ejemplo, es antitético a la ciudad, un lugar en donde se vive en contacto constante y cercano con otro seres humanos. 

Sin pandemia, esta situación es generalmente positiva — vivir en comunidad, conectado con personas distintas a nosotros, genera empatía y un sentido de responsabilidad por el bienestar colectivo. Con pandemia, nos vimos obligados a evitar el contacto con extraños, y nuestra vida social se redujo a llamadas por Zoom o FaceTime con quienes ya considerábamos seres queridos. Perdimos, debido al estado de alerta, lo que el sociólogo Ray Oldenburg ha llamado el “tercer espacio”. Para Oldenburg, si el primer espacio que habitamos es el hogar, y el segundo el trabajo, el tercero es entonces aquel que se vive en comunidad, con personas que desconocemos pero con quienes compartimos valores o intereses. (El gimnasio, la biblioteca, los lugares de conciertos, el cine, la iglesia, los bares o restaurantes son ejemplos de “terceros espacios.”)

La Ciudad de México está llena de terceros espacios: sus diversos parques, museos, mercados de comida, flores, antigüedades o ropa, las panaderías, bares y restaurantes que dotan a la ciudad de una energía y cultura única en el mundo. Es verdad que, por naturaleza, el ser humano es un ser social. Por ello, este tipo de espacios y las actividades que se dan en ellos nunca podrán cerrarse permanentemente; incluso durante la pandemia, los ciudadanos de la CDMX esperaban con ansias que el semáforo naranja les permitiera regresar (con precauciones) a estos lugares. 

Crédito: cafenin.com.mx

Ahora que comenzamos — quizás más lento de lo que quisiéramos, pero seguro — a dejar atrás algunas medidas de seguridad impuestas durante la primavera del 2020, vale la pena exigir que estos espacios cobren la misma importancia que tienen en nuestras vidas sociales en el presupuesto de la CDMX. En Reurbano tenemos bastante experiencia en esto. Desde nuestro inicio hace más de diez años, hemos insistido sobre la necesidad de construir una ciudad que otorgue prioridad al ser humano por encima del coche, donde las banquetas sean amigables al peatón y que impulse e invierta en los espacios públicos y comercios locales. 

Por nuestra parte, nos hemos esforzado en restaurar edificios patrimoniales, adecuándolos al estilo de vida contemporáneo mediante intervenciones arquitectónicas respetuosas y sutiles, que abran la planta baja hacia la banqueta y en donde los residentes puedan crear un sentido de pertenencia y comunidad. Pero sabemos que realmente transformar una ciudad no es posible sin un esfuerzo coordinado a gran escala de parte de las autoridades gubernamentales, la inversión privada y la ciudadanía. ¿Quién puede negar que las calles llenas de plantas y mesas con comensales disfrutando el clima de la CDMX se ven mejor que cuando estaban atiborradas de coches? Ahora que hemos comprobado que existen alternativas que funcionan, es momento de exigir que se consideren dentro de las posibilidades de la ciudad. La pandemia no tiene por qué dejarnos sólo con pérdidas y lamentos; si queremos, podemos asegurar que de ella surjan mejoras para nuestra ciudad y calidad de vida. 

Renacimiento de las ciudades: Ámsterdam

Cuando comenzó la pandemia, algunas frases se volvieron instantáneamente ubicuas: hablábamos de “cuando esto termine”, o “cuando regresemos a la normalidad”. En ese tiempo, la mayoría pensábamos que la situación duraría unas cuantas semanas, quizás un par de meses, cuando mucho. (Admito que yo misma ignoraba a quienes hablaban de una cuarentena que se extendería más allá del verano, asumiendo que eran simples pesimistas; personas que de alguna manera disfrutan del alarmismo.) 

Más de un año después — a pesar del deslumbrante logro científico que representan las vacunas desarrolladas, y del enorme esfuerzo (en algunos lugares mejor coordinado que en otros, debe decirse) por vacunar rápidamente a porciones gigantes de las poblaciones del mundo — y la pandemia aún no puede considerarse superada del todo. Sin embargo, es innegable que el futuro se percibe cada vez menos incierto. Las personas comienzan a retomar aquellas partes de sus vidas que daban por sentadas antes de la cuarentena y que, a partir de la aparición del virus en sus comunidades, se volvieron añorados recuerdos: cosas como ver una película en el cine, ir a un concierto, o bailar hasta la madrugada, rodeado de amigos y extraños. 

Al mismo tiempo, existen situaciones negativas a las cuales la pandemia puso un fin temporal e inesperado. Algunas semanas después de que el virus detuvo la vida en gran parte del mundo, por ejemplo, se escucharon reportes en las noticias de menores niveles de emisiones de CO2 en el medio ambiente, y un estudio reciente confirmó que bajaron un 6.7% a nivel mundial en el 2020, algo que se consideraba impensable; el trabajo desde casa, o trabajo remoto, brindó más flexibilidad a trabajadores alrededor del mundo una vez que sus jefes pudieron confirmar que la productividad no está atada a un ambiente tradicional de oficina; los residentes de las ciudades más visitadas del mundo tuvieron la oportunidad de caminar por sus barrios sin tener que esquivar a turistas constantemente. 

Este último ejemplo se vivió intensamente en Ámsterdam, una ciudad que, a diferencia de otras, es un gran destino turístico por motivos que atraen a un tipo de turista: personas buscando drogas y diversión, sin interés o respeto por la cultura o las personas de un lugar. El Washington Post reportó poco después de que se detuviera el turismo en Ámsterdam que algunos residentes consideraban que el virus había sido una “bendición disfrazada”, ya que les permitió disfrutar de un tipo de tranquilidad que antes nunca hubieran imaginado. (En lugares como Venecia y Kyoto se vivió la misma experiencia, y ahora atraviesan la misma aprensión hacia el regreso del turismo.) 

¿Podría ser que la situación de COVID-19 nos deje algunas consecuencias positivas además de tanta pérdida y devastación? La realidad es que depende enteramente de los gobiernos y autoridades locales de cada lugar. La pandemia nos brindó una oportunidad única para analizar qué tan resilientes son nuestras ciudades, cuáles de sus espacios son los que más atención e inversión requieren y a quiénes están sirviendo mejor. Hace ya muchos meses que debimos habernos dado cuenta de que, más allá de la cuestión cuándo podremos volver a la normalidad, la pregunta que vale la pena es: ¿cómo podemos utilizar esto como una oportunidad para mejorar? Se trata de buscar más que la resiliencia; debemos aspirar hacia el progreso. 

Ámsterdam aprovechó el 2020 para acelerar la implementación de algunas medidas que ya estaban propuestas antes de la pandemia, entre ellas prohibir que las tiendas de souvenirs desplacen a negocios locales o que los desarrolladores conviertan espacios residenciales en edificios para personas que están de paso. Planean aumentar los impuestos que pagan los turistas por sus alojamientos, y las consecuencias que enfrentan si son aprehendidos causando desorden público. Sobre todo, la ciudad se ha comprometido a poner a prueba el “modelo económico de dona”, que busca enfocarse en el medio ambiente y las necesidades básicas de sus ciudadanos antes que en el crecimiento económico. 

Es muy temprano para decidir si los resultados serán positivos, pero no hay excusa para no intentarlo. Viendo hacia el futuro, todas las ciudades deben aprender valiosas lecciones de la catástrofe que hemos comenzado a dejar atrás. 

5 edificios emblemáticos del Centro Histórico

En aquellas ciudades del mundo que son grandes destinos turísticos, existe entre sus residentes un entendimiento común: la ciudad está dividida entre lo que hacen los turistas y lo que hacen los locales. Los neoyorkinos evitan Times Square a toda costa; quienes viven en París no tienen motivo para ir a pararse frente a la Torre Eiffel; existen personas que han vivido todas sus vidas en Los Ángeles sin nunca haberse tomado una foto frente a las letras de Hollywood. Sin embargo, en la Ciudad de México, el Centro Histórico ha logrado ocupar ambos terrenos — tanto es un destino turístico como un espacio que se vive todos los días por toda clase de sus habitantes. 

Recientemente, el gobierno de la CDMX anunció que planea invertir más de 1.100 millones de pesos en la revitalización del Centro Histórico, con la intención de construir y recuperar viviendas, mejorar el espacio público y preservar el importante patrimonio de la zona. Este año, el gobierno espera recuperar 14 inmuebles para personas de comunidades indígenas, además de construir seis nuevos hoteles y tres espacios de uso comercial. 

Con esto en mente, destacamos los 5 espacios y edificios más emblemáticos del Centro Histórico de la Ciudad de México: 

Plaza de la Constitución (Zócalo) 

Crédito: Gerardo Sandoval

El Zócalo de la Ciudad de México es una enorme plancha de concreto desde donde se puede observar el Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana. Antes de la conquista española, la plaza fue el sitio ceremonial principal de los aztecas. Hoy en día, es el lugar en donde se realizan eventos políticos y culturales, además del destino final de numerosas marchas y protestas, convirtiéndola en un espacio imprescindible para la democracia mexicana. 

Palacio de Bellas Artes 

Crédito: Gerardo Sandoval

Inaugurado en 1934, fue el primer museo de arte en México, conocido en ese entonces como el Museo de Artes Plásticas. En su fachada se pueden observar elementos arquitectónicos del art nouveau y art-decó, y en su interior destacan los murales de Diego Rivera y José Clemente Orozco, entre otros. 

Torre Latinoamericana 

Crédito: Gerardo Sandoval

Este rascacielos de 44 pisos, construido en 1965, ha sobrevivido numerosos sismos en la Ciudad de México, entre ellos el de 1985 y el del 2017. Siendo aún el edificio más alto del Centro Histórico, es una referencia de la zona que te ayuda a orientarte e incluso te informa la hora. Además, el mirador del último piso ofrece una vista de la ciudad inigualable.

Museo Nacional de Arte de México (MUNAL)

Crédito: inba.gob.mx

Entre la arquitectura ecléctica del MUNAL — ubicado en la plaza Manuel Tolsá, frente a su escultura conocida como El Caballito — destacan los estilos neoclásico y renacentista. Su vasta colección es representativa del arte mexicano, desde la era virreinal hasta la década de 1950. El edificio fue diseñado por el arquitecto Silvio Contri durante la presidencia de Porfirio Díaz, con la intención de que funcionara como un símbolo de modernidad y progreso. 

Antiguo Palacio Iturbide 

Crédito: mxcity.mx

El Palacio de Iturbide es uno de los ejemplos más ricos del barroco mexicano, construido entre 1779 y 1785 por el arquitecto Francisco Guerrero y Torres. Inicialmente, fue la residencia de una familia acomodada de la ciudad, como regalo de bodas de parte del padre de la novia. De 1821 a 1823, fue la residencia de Agustín de Iturbide, por lo cual aún se le conoce por su nombre, aunque hoy en día es un espacio destinado a exposiciones de arte  y actividades culturales. 

Un agradecimiento a nuestros trabajadores

Todos sabemos que el primer día de mayo se conoce como el “día del trabajo” y que, algo irónicamente, ese día se descansa. Sin embargo, hay una historia menos conocida de esta fecha — el día del trabajo no surgió como ocurrencia, sino como una manera de conmemorar a los llamados “mártires de Chicago”, un grupo de organizadores sindicales en Estados Unidos que perdieron sus vidas en 1886 en la lucha por sus derechos laborales. En ese momento trabajaban 16 horas al día, y ellos proponían reducir la jornada laboral a 8 horas. Su muerte no fue en vano, pues la presión social obligó al entonces presidente Andrew Johnson a establecer las 8 horas como ley. 

Mucho ha cambiado desde entonces; hoy en día es una locura imaginar trabajar 16 horas al día, por ejemplo. Pero es importante recordar que ese fue sólo el comienzo de una conversación que debe ser continua acerca no sólo de los derechos laborales sino también de cómo mejorar el trabajo en general. Un trabajo no es una familia, pero eso no quiere decir que no pueda ser un espacio en donde las personas se sienten escuchadas, comprendidas y retadas para alcanzar su potencial en un área que eligieron y disfrutan. 

Para nosotros es importante siempre estar tomando la temperatura de nuestros equipos de trabajo para mejorar o fortalecer lo que sea necesario, y este día de trabajo nos hemos dado un momento para hacernos preguntas y reflexionar. 

Para Roberto, un miembro del área legal desde el 2016, conocer el impacto social que tienen para residentes y vecinos los proyectos que desarrollamos es lo que hace que disfrute los retos que se presentan antes de que lleguen a la etapa de construcción. (Y como la colonia Juárez es su parte favorita de la Ciudad de México, le toca ver las transformaciones de calles y cuadras a partir de nuevos desarrollos muy seguido.) Para Alejandra, que se encarga de supervisar temas de operación y desarrollo del próximo Edificio Dondé, un proyecto bastante complejo por su escala, el trabajo de insertar dentro de la histórica avenida Bucareli un proyecto que puede tener un impacto positivo sobre la dinámica barrial es lo que más disfruta, así como poder recorrer la ciudad en bicicleta o a pie y conocer nuevos rincones que suelen pasar desapercibidos. 

Esos son algunos de los miembros de nuestro equipo administrativo y de desarrollo, pero hay otros colaboradores que este mes de mayo debemos celebrar, pues sin ellos no existiría Reurbano. El 3 de mayo se celebró el Día de la Santa Cruz, también conocido como el Día del Albañil. Celebramos a todos los trabajadores de la construcción que han hecho realidad los proyectos que nacen conceptualmente en nuestras oficinas; sin su conocimiento y destreza no podríamos seguir transformando la ciudad que todos habitamos. ¡Gracias! 

El Caso Urbano de Portland

Crédito: Sean Benesh

El diseño urbano en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial dejaba mucho que desear. La fuerte inclinación americana hacia el individualismo los llevó a separar las áreas residenciales y los centros de las ciudades, de manera que quienes vivían en suburbios crearon una dependencia total a sus automóviles. Hoy en día se sabe que esta estrategia crea más problemas de los que resuelve: tráfico, delincuencia en los centros y un sentido de aislamiento y falta de comunidad en la sociedad. 

Como respuesta a esto, en la década de los ochentas surgió un movimiento llamado “New Urbanism” que buscaba promover nuevas maneras de planear las ciudades como lugares vibrantes, caminables y respetuosos con el medio ambiente. Este nuevo urbanismo tuvo una fuerte influencia en la planeación urbana de Portland durante la década de los noventas, y es en parte gracias a eso que la ciudad se considera uno de los mejores lugares para vivir en EU hoy. 

Al esforzarse por crear buenas redes de transporte público y calles que dan prioridad a peatones y ciclistas, es posible vivir cómodamente en Portland sin coche. Quizás debido a que los residentes de Portland están en contacto constante con otros ciudadanos que también usan la calle y el transporte público en su día a día, la ciudad tiene una gran cultura de comercio local, algo que ayuda no sólo a la economía de la ciudad sino que crea un sentido de comunidad y evita que las personas se sientan socialmente aisladas. Por otro lado, Portland tiene una gran variedad de parques y espacios al aire libre — en el 2016, fue rankeada la mejor ciudad para amantes de la naturaleza. 

Crédito: gmcapital.com.mx

En conjunto, estos aspectos de la ciudad la han posicionado como un ejemplo a seguir para otros lugares, sin embargo, Portland aún enfrenta retos. En cuanto a diversidad, Portland no tiene las mejores estadísticas. La población de la ciudad es 77.7% blanca, y solamente el 5.7% de sus habitantes son afroamericanos. En un país como Estados Unidos — cuya población es altamente diversa y, en años recientes, el tema de la justicia racial ha tomado protagonismo — es necesario que los gobiernos tomen acción para asegurar que cada sector de la población tenga acceso a oportunidades laborales y vivienda digna. En los últimos 10 años, el vecindario de Albina en Portland pasó de tener 38,000 residentes afroamericanos a 28,000, debido a la gentrificación que elevó los precios y empujó a 10,000 personas hacia la periferia. 

La iniciativa Right 2 Root — o “Derecho a Echar Raíces”, en español — surgió hace algunos años para crear vínculos entre arquitectos, urbanistas y personas afectadas por la gentrificación y desplazamiento. Sus propuestas van más allá de cuestiones de vivienda; buscan una aproximación holística a la situación en Albina, que incluye espacios y estructuras públicas enfocados hacia el bienestar de los sectores más vulnerables de la comunidad. 

Así, el caso urbano de Portland demuestra que la tarea de hacer ciudad nunca termina, y que es necesario siempre cuestionar para quiénes funciona y a quiénes estamos dejando de lado.

Entrevista: La Metropolitana

Crédito: Marco Fernández 

Durante la década pasada, la Ciudad de México se ha transformado frente a los ojos no sólo de sus residentes, sino del mundo entero. Debido a su riqueza cultural e incomparable gastronomía, la capital se volvió uno de los destinos turísticos más atractivos para quienes la saben apreciar, y en gran parte se debe a una generación joven de creativos que vive y trabaja aquí. Entre ellos, destaca el trabajo de La Metropolitana, un estudio de diseño fundado en el 2010 por Rodrigo Escobedo, Mauricio Guerrero y Alejandro Gutiérrez. 

Platicamos con Rodrigo Escobedo acerca de la trayectoria y valores de La Metropolitana: 

La Metropolitana es quizás conocida principalmente por su mobiliario. ¿Cuáles fueron los primeros proyectos del estudio? 

Comenzamos haciendo de todo, diseñando espacios efímeros para distintos clientes y eventos. Éramos muy jóvenes pero muy aventados. Uno de nuestros primeros proyectos importantes fue el diseño de un museo — el Museo del Ejército y la Fuerza Aérea, en Tlalpan — y luego en el 2012

un memorial para los soldados que habían perdido la vida hasta ese momento en la lucha contra el crimen organizado. Entonces digamos que ese fue nuestro primer gran proyecto, y aún existe, es una plaza pública sobre Reforma. Fue afortunado, logramos consolidar un equipo de muchos jóvenes muy creativos que ahora está por todos lados, que aportaron con arquitectura, cosas de arte, e integramos también mucha tecnología. A partir de ahí consolidamos una oficina más grande, invertimos en maquinaria, y tomamos la decisión de enfocar nuestros esfuerzos en desarrollar nuestra propia línea de productos. Nos interesaba mucho la carpintería, y de ahí nos agarramos. 

Diseñar muebles siempre había sido nuestro interés, pero decidimos que no queríamos diseñar muebles para que alguien más los fabricara; queríamos fabricarlos nosotros mismos. Nos interesaba innovar, no solamente repetir lo que ya se venía haciendo. Para lograr eso tuvimos que desarrollar nuestro propio sistema, nuestra propia infraestructura productiva, capacitar gente… El primer empleado de La Metropolitana llegó en 2008, y él sigue trabajando con nosotros, es nuestro jefe de acabados. La gran mayoría de nuestro personal se integró entre 2008 y 2013, y ya ellos se han venido especializando. La Metropolitana es un esfuerzo compartido. 

La iniciativa de Toca Madera de La Metropolitana se enfoca en mejorar la calidad de vida de los miembros de su equipo que producen su mobiliario al crear talleres satélites fuera de la ciudad para combatir la despoblación rural y evitar que su equipo tenga que migrar a zonas metropolitanas en búsqueda de oportunidades. ¿De dónde surge el interés por involucrarse en temas sociales? 

Para nosotros quizás ese es el tema fundamental, surge probablemente de nuestro origen. Hablando por mí, desde muy joven mis papás me enseñaron a respetar a toda la gente y a ser empático. Esa crianza me permitió conocer una realidad que es compleja — la de los desfavorecidos, gente que a lo largo de la historia de nuestro país ha venido recibiendo una cantidad importante de abusos. Entonces yo me conecté desde muy joven con el pensamiento de que es a través del servicio que se consigue estabilidad, propósito y dirección en la vida. Esa filosofía de servicio se integró de manera natural en la compañía. Entendimos que más allá de que nuestro propósito superficial pueda ser entendido como la generación de belleza o de economía, nuestro propósito fundamental y profundo tiene que ver con lo social. Creemos que no hay manera de que la belleza pueda surgir, o seguir surgiendo, del dolor y la desigualdad. El privilegio ya no puede estar ligado al abuso. Tenemos la fortuna de poder estar haciendo algo que nos hace crecer, nos hace sentir vivos y útiles, y esa parte es la parte social de Metropolitana. 

Crédito: lustermagazine.com 

En cuanto al diseño, ¿cómo describes a La Metropolitana? ¿Cuáles son las fuentes de inspiración que encuentran en la historia y cultura de México, y cómo lo han traducido a un momento contemporáneo? 

En México a lo largo de nuestra inmensa historia han convergido muchas cosas, líneas y flujos… Lo que siento es que el diseño propiamente mexicano es algo que se está consolidando. Hasta hace muy pocos años todavía lo que México hacía era importar diseño, tendencias, estética e integrarlas a un ámbito comercial, aunque claro que hay otras líneas vivas muy antiguas. Me imagino a la sociedad y al tejido cultural mexicano como una trama en donde se va entretejiendo toda esta cultura y riqueza humana que va llegando. Honestamente nosotros nunca tuvimos una intención clara de decir, “vamos a rescatar lo mexicano.” Yo siento que nuestra influencia puede ser más entendida del hemisferio racional que ocurrió a partir de la mitad del siglo 19 con el inicio del arts & crafts, en donde se integró el pensamiento con conocimientos de procesos industriales y con una intención profunda de innovar. Creo que esa es la línea a la que pertenece el diseño que generamos. 

Sin duda se ha integrado dentro de nuestro resultado final nuestro contexto: México, sus materiales y tradiciones. Aunque México jamás se había distinguido como una potencia de manufactura en la carpintería, que es finalmente nuestro enfoque. Ahí es donde entra nuestro interés en la innovación, y en voltear a ver y entender la historia para abrir nuevos caminos hacia el futuro. 

En sus palabras: Gerardo ‘GESS’ Sandoval

Conocido como ‘Gess’ por sus iniciales, Gerardo Esteban Sandoval Sosa comenzó a tomar fotografías hace una década, con apenas 14 años, desde su ciudad natal de Ensenada, Baja California. Desde entonces, ha trabajado como fotógrafo, director de arte y creador de contenido para distintos clientes alrededor del mundo, entre ellos Netflix, Apple, Adobe, Universal Studios y más. También es el lente y mente detrás de la cuenta de Instagram de Reurbano, en donde narra a través de sus imágenes distintas historias y reflexiones que tienen que ver con lo que más nos apasiona: la Ciudad de México.

Platicamos con Gess para enterarnos más acerca de su trayectoria, proceso creativo y fuentes de inspiración en la CDMX: 

¿Cómo fue que llegaste a vivir en la Ciudad de México? 

Crecí mudándome de ciudad en ciudad, nací en Baja pero viví en muchas partes del país, pero siempre venía con mi familia a la CDMX, ya sea de vacaciones o a visitar a algún familiar. Entonces la CDMX fue un lugar que ya conocía, y siempre quise mudarme acá después de que terminara de estudiar. En general la ciudad me encanta, me gusta todo. 

¿En qué parte de la ciudad vives? ¿Cuál es tu zona favorita para explorar, y por qué?

Yo vivo en la colonia Juárez, muy cerca de Paseo de la Reforma. Normalmente estoy en el centro, mi parte favorita podría ser el Centro Histórico, porque justo por mi trabajo, todo el tiempo estoy tratando de observar, de realmente ver las cosas. Ya así soy en automático. El centro es un lugar muy diverso, con mucha vida, y con un montón de cosas pasando todo el tiempo. En general siento que la CDMX es como una pintura surrealista — pasan tantas cosas, de repente tienes un organillero aquí, por acá hay música, aquí otras personas bailando, unas personas vendiéndote esto, pero también tienes el restaurante más caro, pero también los tacos en la calle… Pasa todo en una sola escena que me parece algo muy surreal. Eso es lo que más disfruto de la ciudad. Siempre hay cosas que hacer, cosas que ver, mucho de qué aprender y, sobre todo, fotografiar. 

Llevando el Instagram de Reurbano, te encargas de las fotos y los textos. ¿Qué me puedes platicar de este proceso? ¿Qué te inspira o cuáles son los temas recurrentes que te parecen interesantes?

Por el mismo hecho de estar tanto tiempo observando, no nada más viendo las cosas, logras entender más las situaciones, el sujeto o lo que estás fotografiando. Justo de eso escribo, de todo el detrás; de qué se trata la situación. A mí me gusta mucho la arquitectura de la ciudad, y eso va de la mano con lo surrealista, tener todos estos edificios de diferentes estilos, épocas, influencias. Entonces justo hablar de todo esto, de todo lo que es la CDMX, su gente, su comida, todo este caos que existe en la ciudad es lo que trato de traducir de una manera bonita. Me encanta que la CDMX se conforma por comunidades, por zonas, por personas, y justo esto es lo que me gusta de traducirlo a Reurbano, que es una empresa que busca crear comunidades, resaltar la historia, la prehistoria, y rescatar los edificios. Entonces eso es justo de donde saco la inspiración para los textos. También la verdad me la paso todos los días explorando la ciudad, tomando fotografías, entonces me llama la atención hablar de lo que está pasando en el momento, cuál es el café o restaurante más padre de tal colonia, calle o zona. Entonces también es hablar del presente y relacionarlo con los proyectos que tiene Reurbano.