Carácter e Identidad de la CDMX

¿Qué hace que una ciudad contemporánea sea atractiva? En las últimas dos décadas, parece ser que se ha llegado a un consenso universal: parques, ciclovías, arte público, pequeños boutiques, cafés y restaurantes locales… es verdad que todo esto mejora la calidad de vida de los ciudadanos de un lugar y cuida el medio ambiente, lo cual siempre debería de ser la prioridad. Sin embargo, comienza a verse una clara desventaja — las grandes ciudades del mundo cada vez se parecen más entre sí, y las idiosincrasias de cada una se van debilitando. Todo indica que, a menos que se haga algo al respecto, la ciudad del futuro es la ciudad genérica.

El carácter de una ciudad comunica más que una estética particular; de distintas maneras, demuestra los valores, modos de vida y cultura de la sociedad que la habita. Los rascacielos de Nueva York, por ejemplo, cuentan la historia de una ciudad que valora la ambición y la vanguardia, y no sólo en la arquitectura. En Tokio, observar los cerezos que florecen por un breve periodo de tiempo cada primavera es una tradición japonesa, llamada hanami, que se remonta al siglo 700. El clima de Londres, el orden mezclado con caos de París y la historia de Roma o Atenas hacen distintivas a cada ciudad, dotándola de una identidad única, además de que tienen una influencia directa sobre las costumbres y cultura de sus ciudadanos. 
Según el grupo alternativo de educación School of Life, fundado por Alain de Botton, existen seis principios para crear una ciudad atractiva, explicados en este video. A grandes rasgos, se trata de crear ciudades con un sentido de orden (pero no demasiado que no se sienten humanos), con un flujo de vida visible (es decir, calles llenas de personas y de actividad), que sean compactas, que te puedas perder (pero no demasiado) en ellas, que tengan una escala de máximo 5 pisos en promedio (como Berlín, Amsterdam, o París) y, finalmente, que sean “locales”, o sea, que abracen su individualidad y eviten copiar lo que distingue a otros lugares.

Por su parte, la Ciudad de México tiene muchos aspectos distintivos, desde su historia hasta su entorno construido. Las capas de historia que literalmente existen sólo en el centro histórico, por ejemplo, hablan de las distintas culturas — extremadamente disímiles — que han habitado, cada una de distinta manera, este pedazo de la tierra a lo largo de los siglos. La fusión entre la cultura prehispánica y la europea se puede ver en cada rincón de la ciudad, desde los edificios más antiguos hasta los modernos y contemporáneos. Incluso mucho después de la conquista, en el siglo XX, los arquitectos mexicanos seguían encontrando nuevas maneras de importar las ideas europeas a México, no sin antes darles un toque distintivo. Los edificios de Pedro Ramírez Vázquez, Teodoro González de León, Mario Pani, Juan O’Gorman, Luis Barragán y más son grandes ejemplos. 

Es importante preservar este carácter e identidad sin caer en la repetición total del pasado. Si vamos a evitar que la Ciudad de México se vuelva una copia de todas las demás metrópolis — con los mismos Starbucks o McDonalds debajo de los mismos rascacielos de vidrio — habrá que preguntarnos, ¿cómo podemos reinterpretar lo que ha distinguido a México en el pasado, para darle una lectura contemporánea que se mantenga fiel a sus raíces?